El Sexenio revolucionario es el periodo comprendido entre el destronamiento de la reina Isabel II (1868) y la restauración de la monarquía borbónica (1874). Con el reinado de Isabel II se había dado un paso de gigante que no admitía vuelta atrás: la construcción de un estado liberal. Pero ya en la década de los 60 el régimen se encontraba en un callejón sin salida. Las tareas de gobierno quedaban restringidas a tan solo dos partidos (moderados y progresistas) de todo el abanico existente y el respaldo social de ambos estaba en franca recesión. La sociedad española estaba en disposición de intentar dar un paso adelante: la democratización de la vida política. A la revolución de 1868 se llegó por el agotamiento y la impopularidad del moderantismo y de la monarquía de Isabel II debido a varios motivos: la represión ejercida por el Gobierno, la marginación hacia los progresistas y a las Cortes, la corrupción del sistema electoral con la compra de votos, los pucherazos y la creación de caciques locales que, a cambio de cargos, controlaban las elecciones; mientras, el partido progresista, vista la imposibilidad de acceder al poder mediante mecanismo constitucionales, optó por la vía conspirativa como medio para acceder al poder. Desde el punto de vista político, una gran parte de la población tenía motivos para levantarse contra el sistema isabelino: grandes empresarios que veían peligrar sus inversiones en bolsa, industriales que reclaman medidas proteccionistas, obreros y campesinos inmersos en la miseria, etc. La política moderada, cada vez menos participativa con las cortes, reprimiría duramente las protestas, como la revuelta del cuartel de San Gil (Madrid), tras la cual O´Donnell decretó el fusilamiento de los participantes. Pero también la situación de crisis económica del capitalismo español ayudó a extender la revolución al grueso de la población. La economía española se vio atacada en primer lugar por una crisis financiera derivada de la escasa rentabilidad de las inversiones ferroviarias, que produjeron unos rendimientos muy escasos. Esta crisis financiera coincidió con una grave crisis industrial, sobre todo en Cataluña, donde las pequeñas industrias del sector algodonero no pudieron hacer frente a la subida de precios de las materias primas. En 1866, las malas cosechas provocaron la subida del precio del trigo, provocando una grave crisis de subsistencia. En el campo, el hambre condujo a un clima de grave violencia social; en las ciudades, algunas industrias cerraron, aumentó el paro y el nivel de vida de las clases trabajadoras descendió aún más. El descontento generalizado hacia el régimen monárquico de Isabel II motivó la firma del Pacto de Ostende en 1866, al cual se adhirieron la mayor parte de las ideologías políticas del momento: Progresistas, Demócratas y Republicanos. A estos se unieron los integrantes de la Unión Liberal tras la muerte de O´Donnell, quien se negaba a apoyar las intenciones del pacto, y que fue sustituido por el general Serrano. Este partido aportaría buena parte de la cúspide del ejército sublevado. El pacto establecía las mínimas bases para la acción revolucionaria, siendo su fin derrocar a la reina y a su régimen, estableciendo una serie de principios y derechos fundamentales, entre los que destaca el sufragio universal. Una vez conquistado el poder, se constituirían las Cortes, encargadas de decidir el destino político del país. Este pacto fue el paso previo a la Revolución de 1868, llamada “la Gloriosa”, que abrió un período de reforma social y política más allá de un simple cambio de gobierno, atentando sobre los mismos cimientos de la monarquía de Isabel II. Se inició así un proceso de saneamiento y democratización del sistema político, se intentó aceptar el sufragio universal, implantar definitivamente la soberanía nacional y consagrar un amplio sistema de libertades públicas y privadas. No obstante, este saneamiento contaría con enormes obstáculos que frenaron los intentos democratizadores de la política española. II. LA REVOLUCIÓN DE 1868 El 19 de septiembre de 1868, una escuadra concentrada al mando de los generales Francisco Serrano, Domingo Dulce, Juan Prim y Juan Bautista Topete, se sublevó en Cádiz. Los militares difundieron un manifiesto (España con honra), exponiendo las razones de levantamiento. En los días siguientes, el general Prim fue sublevando las ciudades andaluzas (Málaga, Almería Huelva, Sevilla, Córdoba) y otras como El Ferrol, Barcelona o Cartagena. El pronunciamiento se consolidó gracias a la acción de las juntas locales y provinciales, que hicieron llamamientos a la revolución al pueblo, reclamando el sufragio universal, bajadas de impuestos, supresión de quintas…El movimiento revolucionario se extendió por el país sin hallar apenas resistencia. “Españoles: La ciudad de Cádiz puesta en armas…niega su obediencia al gobierno que reside en Madrid…resuelta a no deponer las armas hasta que la Nación recobre su soberanía…Sed como siempre, valientes y generosos…siempre fuimos dignos de la libertad…que nos han arrebatado” Por su parte, el gobierno y la corona, se encontraron aislados y con escaso apoyo. Su actitud había provocado que sólo los respaldaran los más directamente beneficiados por su política, y éstos eran muy pocos en 1868, ni tan siquiera los moderados, sino sólo la “camarilla” situada alrededor del gobierno y la monarquía isabelina. Cuando las escasas tropas fieles al gobierno fueron derrotadas en Alcolea (Córdoba), el gobierno no vio más salida que dimitir. Isabel II partió en exilio hacia Francia el 29 de septiembre de 1868. Pronto quedó claro que bajo “la Gloriosa” convivían múltiples revoluciones e intereses, triunfando sobre todas ellas los propósitos progresistas (Prim) y unionistas (Serrano), que consiguieron derrocar al gobierno y a la monarquía isabelina. Fuera quedaron frustradas las intenciones de demócratas, republicanos y, sobre todo, las masas populares. III. EL GOBIERNO PROVISIONAL Y LA CONSTITUCIÓN DE 1869 La Junta Revolucionaria, que había ejercido el poder político durante la revolución, decidió constituir un Gobierno Provisional, confiado al general Serrano. Éste decidió consolidar la Revolución a través de un programa de reformas: se reconoció la libertad de imprenta, el derecho de reunión y asociación y el sufragio universal. Se democratizaron ayuntamientos, se reformó la enseñanza y se emancipó a los hijos de esclavos en las colonias americanas. Del mismo modo, quedaron satisfechas las demandas de las Juntas y se convocaron Cortes Constituyentes. Las elecciones, celebradas por primera vez por sufragio universal masculino para mayores de 25 años, dieron la mayoría a la coalición de unionistas, progresistas y demócratas, aunque los republicanos, dirigidos por Pi i Margall, Figueras y Castelar, obtuvieron una amplia nómina de votantes, por lo que vieron aumentada su influencia. Otros grupos obtuvieron representación política, como los carlistas, que reclaman la unidad religiosa del país o los moderados (isabelinos) que reclaman la vuelta de la reina. Confirmando al general Serrano al cargo, las Cortes preparaban la elaboración de una nueva Constitución. La Constitución de 1869 es considerada la primera constitución democrática de nuestra historia. Inspirada en las obras constitucionales de 1812 y 1837, a través de ella España consolidó un amplio sistema de libertades y dio forma al liberalismo democrático, que nos situaba en una posición política más avanzada que muchos países europeos. Algunos rasgos del nuevo texto constitucional son los siguientes: - Incluye una amplísima declaración de derechos, desarrollados a lo largo de los 31 artículos que conforman su Título Primero. Los tradicionales derechos individuales son completados con otros nuevos como la libertad de residencia, enseñanza o culto, inviolabilidad del correo o la libertad de trabajo para extranjeros. - Se proclama la soberanía nacional, de la cual emanan la legitimidad de la corona y la descentralización política del país. Las Cortes, bicamerales, son elegidas por sufragio universal, y ven potenciados sus poderes y garantizada su independencia. - El rey se inserta en un marco constitucional. Ejerce su poder a través de sus ministros y promulga las leyes aprobadas por las Cortes. - El poder judicial reside en los tribunales de justicia, que se aseguran su independencia a través de un sistema de oposiciones a juez. - El artículo 21 garantiza el derecho a la libertad de cultos: “el ejercicio público y privado de cualquier culto sin más requisitos que las reglas de la moral y el derecho”. Este artículo tuvo una gran influencia en la vida pública, pues desde este momento, la religión, que había servido hasta la fecha como elemento de cohesión social, se convirtió en un nuevo motivo de división y discordia. - Desde el punto de vista económico, el nuevo régimen pretendió reorientar la política económica, a través de una legislación que protegiera el librecambismo y permitiera la apertura del mercado español a la entrada de capital extranjero. Entre las medidas adoptadas destacó la aprobación de un sistema de impuesto universal y personal, decretar la peseta como unidad monetaria, la utilización del patrimonio minero para sanear la Hacienda o la liberalización de los intercambios exteriores, aprobada mediante la Ley de Bases Arancelarias, que puso fin a la tradición proteccionista del siglo XIX español. El nuevo sistema político deducido de la constitución y las reformas, consolidó las aspiraciones políticas de los partidos que impulsaron “la Gloriosa”, aunque frustraba las aspiraciones de otras fuerzas políticas y del pueblo. El establecimiento del sistema monárquico no contentó a los republicanos, los campesinos reclamaban un reparto de tierras más justo, mientras que los habitantes de las ciudades protestaban contra el sistema de impuestos y las quintas (reclutamiento para el ejército). Se inició así un período de fuerte conflictividad social, que paralelamente fue gestando un primer movimiento obrero que demandaba mejoras salariales y mejores condiciones de vida. Desde 1868, la libertad de asociación e imprenta permitió la entrada en España de los ideales internacionalistas, que pudieron salir de la clandestinidad para expresar sus aspiraciones públicamente a través del anarquismo y el socialismo. IV. EL REINADO DE AMADEO DE SABOYA (1870-1873) La Constitución de 1869 estableció una monarquía democrática como forma de gobierno. Desde entonces, la principal tarea del gobierno consistió en encontrar un monarca que sustituyera a los desacreditados Borbones. El encargado de establecer complejas negociaciones en la búsqueda del candidato para el trono español fue el general Prim. Finalmente se impuso la candidatura de Amadeo de Saboya, hijo del rey italiano Víctor Manuel II, artífice de la unificación. El joven monarca, de tan sólo 26 años, fue elegido por las cortes en noviembre de 1870. Tres días antes de su llegada a España había sido asesinado su principal valedor y consejero, el general Prim, siendo éste el comienzo de las dificultades a las que debió hacer frente. Desde su llegada al país, Amadeo de Saboya tuvo que hacer frente a una continua oposición. Los republicanos eran contrarios al modelo monárquico y pretendían instaurar una República; los Carlistas, se levantaron en armas en 1872; los alfonsinos eran partidarios del príncipe Alfonso, hijo de Isabel II. Estos últimos, organizados por Cánovas del Castillo, empezaron a perfilar un partido alfonsino que garantizara la estabilidad social a través de la monarquía borbónica. La oposición llegó también desde la Iglesia, que contempló con recelo la libertad religiosa sancionada con la constitución. La burguesía pudiente, con intereses económicos en Cuba y las colonias, fueron desconfiando del nuevo régimen, por algunas medidas aprobadas como la abolición de la esclavitud en Cuba, la regulación del trabajo infantil…La nobleza terrateniente temía que la nueva legislación cuestionara el derecho a la propiedad privada. Los grupos campesinos y proletarios, partidarios de cambiar el sistema social, protagonizaron múltiples revueltas que dieron mayor inestabilidad a este período. Por su parte, Amadeo de Saboya si contó con el apoyo del grupo constitucional, liderado por Mateo Sagasta, y el grupo radical, dirigido por Manuel Ruiz Zorrilla. El clima de inestabilidad permanente de los poco más de dos años del reinado de Amadeo de Saboya quedó ejemplificado en varios acontecimientos: en 1868, se había iniciado en Cuba un proceso revolucionario (“el grito de Yara”), que reclamaba la abolición de la esclavitud; el alzamiento carlista de 1872, animado por las posibles expectativas de sentar en el trono a su candidato Carlos VII; y las insurrecciones de carácter federalista, que combinaba la acción de republicanos con ideales internacionalistas. En febrero de 1873, Amadeo de Saboya presentó su renuncia al trono. La desintegración de la coalición gubernamental (unionistas, progresistas y demócratas) dejó al monarca sin el apoyo necesario para hacer frente a la situación del país. “…España vive en constante lucha, viendo cada día más lejana la era de paz y de ventura que tan ardientemente anhelo…” V. LA PRIMERA REPÚBLICA (1873-1874) Tras la renuncia al trono de Amadeo de Saboya, las Cortes decidieron someter a votación la proclamación de una República, que fue aprobada el 11 de febrero de 1873 con 258 votos a favor y 32 en contra. No obstante, estos datos son engañosos, pues el apoyo temporal a la república fue tan solo una estrategia a largo plazo, que haría ganar tiempo para organizar una nueva alternativa monárquica. El apoyo al nuevo régimen era escaso, no siendo reconocida por las potencias extranjeras. La primera experiencia republicana en España duró menos de un año, sucediéndose en tan corto espacio de tiempo cuatro presidentes: Estanislao Figueras, Francisco Pi i Margall, Nicolás Salmerón y Emilio Castelar. 1. Las corrientes republicanas Poco después de la revolución, el partido demócrata había sufrido una escisión que dio forma al Partido Demócrata Republicano Federal, dirigido por Pi i Margall. Esta opción defendía el reconocimiento de los distintos pueblos y regiones históricas, y el acuerdo entre las mismas como forma de articular el Estado español. Entre otras cuestiones, también defendían el laicismo del estado, el antimilitarismo, anticlericalismo y la intervención del estado en la regulación de las condiciones laborales. No obstante, este bloque federalista no era homogéneo, pues se hallaba dividido en dos tendencias: los benévolos, que controlan la dirección del partido y defienden el respeto por la legalidad; y los intransigentes, que defendían la vía insurreccional como medio para proclamar la República Federal, partiendo de la proclamación de independencia de los distintos territorios con personalidad histórica. Por último, los republicanos unitarios pretenden un estado no federal, sino centralizado, manteniendo posturas mucho más conservadoras. 2. La experiencia republicana La República fue recibida con entusiasmo por las masas republicanas que creyeron llegado el momento de realizar un verdadero cambio social. Así, rápidamente se generalizaron por el territorio español movilizaciones populares que reclamaban cambios en el país: reducción de la jornada laboral, aumento de salarios, mejor reparto de la propiedad, abolición de impuestos sobre el consumo, abolición de quintas y del sistema de redención, etc. No obstante, el interés de los dirigentes republicanos por respetar la legalidad llevó a la represión de las revueltas y a la disolución de las Juntas Revolucionarias. a) La República federal. Poco después de proclamarse la República, se convocan elecciones generales para las Cortes constituyentes, que ganaron los republicanos por abrumadora mayoría (pero con el 60% de abstención de votantes). El nuevo presidente, Pi y Margall, era partidario de un estado federal constituido por una nación, España, compuesta por 17 Estados federales (incluyen Cuba y Puerto Rico). Se pretendía alcanzar un alto grado de descentralización, encontrándose repartido el poder político entre la nación, regiones y municipios, contando estas dos últimas entidades con una amplia autonomía de gobierno. Durante la República Federal se proyectó la elaboración de la Constitución Federal de 1873, no obstante, los continuos desacuerdos y las divisiones dentro del mismo republicanismo no permitieron el avance y la aprobación del proyecto federal. El gobierno debió hacer frente a múltiples problemas: La hostilidad de los políticos conservadores y la jerarquía eclesiástica, que rechazaban el nuevo Estado “neutro” frente al anterior “confesional”. El recrudecimiento de las Guerras Carlistas. La incapacidad de acabar con el conflicto de Cuba. El nacimiento del cantonalismo, que surge entre los republicanos más exaltados e intransigentes, decepcionados con la nueva República. El movimiento cantonal tuvo arraigo en la zona mediterránea, desde Valencia a Andalucía, declarándose cantón independiente en Cartagena, Sevilla, Cádiz,… El movimiento cantonalista evidenció la debilidad del gobierno republicano: Pi y Margall dimite por negarse a reprimir por las armas la revuelta cantonal. Fue sustituido por Salmerón, quien dimitió tras negarse a firmar las penas de muerte a dirigentes cantorales. Le sucedió Castelar, representante de la línea conservadora del republicanismo, que llamó al ejército para imponer el orden, aplicó la pena de muerte, reforzó el poder del estado central y suprimió el principio federal. b) La República Unitaria. El presidente, Emilio Castelar, representa un viraje conservador, actuando con autoridad para reprimir y conseguir el orden público, suprimió el principio de Estado Federal, reforzando el poder del Estado. Su actuación, considerada autoritaria y dictatorial, provoca la reacción de los diputados de las Cortes, que se reúnen para forzar la dimisión del gobierno. Era inminente la formación de un gobierno de centro-izquierda. Para impdrielo, el general Pavía protagonizó un golpe de estado, invadiendo el hemiciclo con fuerzas de la guardia civil y disolviendo por la fuerza la Asamblea. Apenas hubo resistencia ni política ni popular, lo que pone de manifiesto la debilidad de la República. El poder pasó a manos de una coalición de unionistas y progresistas, proclamando al general Serrano presidente de la “República del 74”. Serrano, con una actuación altamente dictatorial, se empeñó en recuperar el orden social. Así, puso fin a la guerra carlista, disolvió la AIT, acabó con el movimiento cantonal y reforzó el ejército. Mientras tanto, la grave situación política y militar fue gestando una gran masa de apoyo social a la solución alfonsina, al retorno del hijo de Isabel II, Alfonso XII. Cánovas del Castillo fue el encargado de captar adhesiones. No obstante, el 29 de diciembre de 1874, el pronunciamiento militar de Martínez Campos en Sagunto precipitó la proclamación de Alfonso XII como nuevo rey de España. VI. CONCLUSIÓN Y TRASCENDENCIA HISTÓRICA El 1 de diciembre de 1874, el príncipe Alfonso XII había firmado el Manifiesto de Sandhurst, redactado por Cánovas del Castillo, que sintetizaba el programa de la nueva monarquía y daba forma a la Restauración borbónica en España. Atrás quedaron seis años de intentos de saneamiento y democratización del sistema político español. No obstante, las grandes disidencias entre los grupos políticos, la frustración de las aspiraciones obreras y campesinas que confiaban en su suerte tras el destronamiento de Isabel II, la guerra de Cuba y los nuevos brotes carlistas, complicaron la gestión a los políticos del sexenio, lo que llevó, decididamente, a abrir el camino al retorno de los Borbones.
4. EL SEXENIO REVOLUCIONARIO (1868-1874).
INTENTOS DEMOCRATIZADORES.
I. ANTECEDENTES
El Sexenio revolucionario es el periodo comprendido entre el destronamiento de la reina Isabel II (1868) y la restauración de la monarquía borbónica (1874).
Con el reinado de Isabel II se había dado un paso de gigante que no admitía vuelta atrás: la construcción de un estado liberal. Pero ya en la década de los 60 el régimen se encontraba en un callejón sin salida. Las tareas de gobierno quedaban restringidas a tan solo dos partidos (moderados y progresistas) de todo el abanico existente y el respaldo social de ambos estaba en franca recesión. La sociedad española estaba en disposición de intentar dar un paso adelante: la democratización de la vida política.
A la revolución de 1868 se llegó por el agotamiento y la impopularidad del moderantismo y de la monarquía de Isabel II debido a varios motivos: la represión ejercida por el Gobierno, la marginación hacia los progresistas y a las Cortes, la corrupción del sistema electoral con la compra de votos, los pucherazos y la creación de caciques locales que, a cambio de cargos, controlaban las elecciones; mientras, el partido progresista, vista la imposibilidad de acceder al poder mediante mecanismo constitucionales, optó por la vía conspirativa como medio para acceder al poder. Desde el punto de vista político, una gran parte de la población tenía motivos para levantarse contra el sistema isabelino: grandes empresarios que veían peligrar sus inversiones en bolsa, industriales que reclaman medidas proteccionistas, obreros y campesinos inmersos en la miseria, etc. La política moderada, cada vez menos participativa con las cortes, reprimiría duramente las protestas, como la revuelta del cuartel de San Gil (Madrid), tras la cual O´Donnell decretó el fusilamiento de los participantes.
Pero también la situación de crisis económica del capitalismo español ayudó a extender la revolución al grueso de la población.
La economía española se vio atacada en primer lugar por una crisis financiera derivada de la escasa rentabilidad de las inversiones ferroviarias, que produjeron unos rendimientos muy escasos. Esta crisis financiera coincidió con una grave crisis industrial, sobre todo en Cataluña, donde las pequeñas industrias del sector algodonero no pudieron hacer frente a la subida de precios de las materias primas.
En 1866, las malas cosechas provocaron la subida del precio del trigo, provocando una grave crisis de subsistencia. En el campo, el hambre condujo a un clima de grave violencia social; en las ciudades, algunas industrias cerraron, aumentó el paro y el nivel de vida de las clases trabajadoras descendió aún más.
El descontento generalizado hacia el régimen monárquico de Isabel II motivó la firma del Pacto de Ostende en 1866, al cual se adhirieron la mayor parte de las ideologías políticas del momento: Progresistas, Demócratas y Republicanos. A estos se unieron los integrantes de la Unión Liberal tras la muerte de O´Donnell, quien se negaba a apoyar las intenciones del pacto, y que fue sustituido por el general Serrano. Este partido aportaría buena parte de la cúspide del ejército sublevado.
El pacto establecía las mínimas bases para la acción revolucionaria, siendo su fin derrocar a la reina y a su régimen, estableciendo una serie de principios y derechos fundamentales, entre los que destaca el sufragio universal. Una vez conquistado el poder, se constituirían las Cortes, encargadas de decidir el destino político del país.
Este pacto fue el paso previo a la Revolución de 1868, llamada “la Gloriosa”, que abrió un período de reforma social y política más allá de un simple cambio de gobierno, atentando sobre los mismos cimientos de la monarquía de Isabel II. Se inició así un proceso de saneamiento y democratización del sistema político, se intentó aceptar el sufragio universal, implantar definitivamente la soberanía nacional y consagrar un amplio sistema de libertades públicas y privadas. No obstante, este saneamiento contaría con enormes obstáculos que frenaron los intentos democratizadores de la política española.
II. LA REVOLUCIÓN DE 1868
El 19 de septiembre de 1868, una escuadra concentrada al mando de los generales Francisco Serrano, Domingo Dulce, Juan Prim y Juan Bautista Topete, se sublevó en Cádiz. Los militares difundieron un manifiesto (España con honra), exponiendo las razones de levantamiento. En los días siguientes, el general Prim fue sublevando las ciudades andaluzas (Málaga, Almería Huelva, Sevilla, Córdoba) y otras como El Ferrol, Barcelona o Cartagena. El pronunciamiento se consolidó gracias a la acción de las juntas locales y provinciales, que hicieron llamamientos a la revolución al pueblo, reclamando el sufragio universal, bajadas de impuestos, supresión de quintas…El movimiento revolucionario se extendió por el país sin hallar apenas resistencia.
“Españoles:
La ciudad de Cádiz puesta en armas…niega su obediencia al gobierno que reside en Madrid…resuelta a no deponer las armas hasta que la Nación recobre su soberanía…Sed como siempre, valientes y generosos…siempre fuimos dignos de la libertad…que nos han arrebatado”
Por su parte, el gobierno y la corona, se encontraron aislados y con escaso apoyo. Su actitud había provocado que sólo los respaldaran los más directamente beneficiados por su política, y éstos eran muy pocos en 1868, ni tan siquiera los moderados, sino sólo la “camarilla” situada alrededor del gobierno y la monarquía isabelina. Cuando las escasas tropas fieles al gobierno fueron derrotadas en Alcolea (Córdoba), el gobierno no vio más salida que dimitir. Isabel II partió en exilio hacia Francia el 29 de septiembre de 1868.
Pronto quedó claro que bajo “la Gloriosa” convivían múltiples revoluciones e intereses, triunfando sobre todas ellas los propósitos progresistas (Prim) y unionistas (Serrano), que consiguieron derrocar al gobierno y a la monarquía isabelina. Fuera quedaron frustradas las intenciones de demócratas, republicanos y, sobre todo, las masas populares.
III. EL GOBIERNO PROVISIONAL Y LA CONSTITUCIÓN DE 1869
La Junta Revolucionaria, que había ejercido el poder político durante la revolución, decidió constituir un Gobierno Provisional, confiado al general Serrano. Éste decidió consolidar la Revolución a través de un programa de reformas: se reconoció la libertad de imprenta, el derecho de reunión y asociación y el sufragio universal. Se democratizaron ayuntamientos, se reformó la enseñanza y se emancipó a los hijos de esclavos en las colonias americanas. Del mismo modo, quedaron satisfechas las demandas de las Juntas y se convocaron Cortes Constituyentes. Las elecciones, celebradas por primera vez por sufragio universal masculino para mayores de 25 años, dieron la mayoría a la coalición de unionistas, progresistas y demócratas, aunque los republicanos, dirigidos por Pi i Margall, Figueras y Castelar, obtuvieron una amplia nómina de votantes, por lo que vieron aumentada su influencia. Otros grupos obtuvieron representación política, como los carlistas, que reclaman la unidad religiosa del país o los moderados (isabelinos) que reclaman la vuelta de la reina.
Confirmando al general Serrano al cargo, las Cortes preparaban la elaboración de una nueva Constitución.
La Constitución de 1869 es considerada la primera constitución democrática de nuestra historia. Inspirada en las obras constitucionales de 1812 y 1837, a través de ella España consolidó un amplio sistema de libertades y dio forma al liberalismo democrático, que nos situaba en una posición política más avanzada que muchos países europeos. Algunos rasgos del nuevo texto constitucional son los siguientes:
- Incluye una amplísima declaración de derechos, desarrollados a lo largo de los 31 artículos que conforman su Título Primero. Los tradicionales derechos individuales son completados con otros nuevos como la libertad de residencia, enseñanza o culto, inviolabilidad del correo o la libertad de trabajo para extranjeros.
- Se proclama la soberanía nacional, de la cual emanan la legitimidad de la corona y la descentralización política del país. Las Cortes, bicamerales, son elegidas por sufragio universal, y ven potenciados sus poderes y garantizada su independencia.
- El rey se inserta en un marco constitucional. Ejerce su poder a través de sus ministros y promulga las leyes aprobadas por las Cortes.
- El poder judicial reside en los tribunales de justicia, que se aseguran su independencia a través de un sistema de oposiciones a juez.
- El artículo 21 garantiza el derecho a la libertad de cultos: “el ejercicio público y privado de cualquier culto sin más requisitos que las reglas de la moral y el derecho”. Este artículo tuvo una gran influencia en la vida pública, pues desde este momento, la religión, que había servido hasta la fecha como elemento de cohesión social, se convirtió en un nuevo motivo de división y discordia.
-
Desde el punto de vista económico, el nuevo régimen pretendió reorientar la política económica, a través de una legislación que protegiera el librecambismo y permitiera la apertura del mercado español a la entrada de capital extranjero. Entre las medidas adoptadas destacó la aprobación de un sistema de impuesto universal y personal, decretar la peseta como unidad monetaria, la utilización del patrimonio minero para sanear la Hacienda o la liberalización de los intercambios exteriores, aprobada mediante la Ley de Bases Arancelarias, que puso fin a la tradición proteccionista del siglo XIX español.
El nuevo sistema político deducido de la constitución y las reformas, consolidó las aspiraciones políticas de los partidos que impulsaron “la Gloriosa”, aunque frustraba las aspiraciones de otras fuerzas políticas y del pueblo. El establecimiento del sistema monárquico no contentó a los republicanos, los campesinos reclamaban un reparto de tierras más justo, mientras que los habitantes de las ciudades protestaban contra el sistema de impuestos y las quintas (reclutamiento para el ejército). Se inició así un período de fuerte conflictividad social, que paralelamente fue gestando un primer movimiento obrero que demandaba mejoras salariales y mejores condiciones de vida. Desde 1868, la libertad de asociación e imprenta permitió la entrada en España de los ideales internacionalistas, que pudieron salir de la clandestinidad para expresar sus aspiraciones públicamente a través del anarquismo y el socialismo.
IV. EL REINADO DE AMADEO DE SABOYA (1870-1873)
La Constitución de 1869 estableció una monarquía democrática como forma de gobierno. Desde entonces, la principal tarea del gobierno consistió en encontrar un monarca que sustituyera a los desacreditados Borbones. El encargado de establecer complejas negociaciones en la búsqueda del candidato para el trono español fue el general Prim. Finalmente se impuso la candidatura de Amadeo de Saboya, hijo del rey italiano Víctor Manuel II, artífice de la unificación. El joven monarca, de tan sólo 26 años, fue elegido por las cortes en noviembre de 1870. Tres días antes de su llegada a España había sido asesinado su principal valedor y consejero, el general Prim, siendo éste el comienzo de las dificultades a las que debió hacer frente.
Desde su llegada al país, Amadeo de Saboya tuvo que hacer frente a una continua oposición. Los republicanos eran contrarios al modelo monárquico y pretendían instaurar una República; los Carlistas, se levantaron en armas en 1872; los alfonsinos eran partidarios del príncipe Alfonso, hijo de Isabel II. Estos últimos, organizados por Cánovas del Castillo, empezaron a perfilar un partido alfonsino que garantizara la estabilidad social a través de la monarquía borbónica.
La oposición llegó también desde la Iglesia, que contempló con recelo la libertad religiosa sancionada con la constitución. La burguesía pudiente, con intereses económicos en Cuba y las colonias, fueron desconfiando del nuevo régimen, por algunas medidas aprobadas como la abolición de la esclavitud en Cuba, la regulación del trabajo infantil…La nobleza terrateniente temía que la nueva legislación cuestionara el derecho a la propiedad privada. Los grupos campesinos y proletarios, partidarios de cambiar el sistema social, protagonizaron múltiples revueltas que dieron mayor inestabilidad a este período.
Por su parte, Amadeo de Saboya si contó con el apoyo del grupo constitucional, liderado por Mateo Sagasta, y el grupo radical, dirigido por Manuel Ruiz Zorrilla.
El clima de inestabilidad permanente de los poco más de dos años del reinado de Amadeo de Saboya quedó ejemplificado en varios acontecimientos: en 1868, se había iniciado en Cuba un proceso revolucionario (“el grito de Yara”), que reclamaba la abolición de la esclavitud; el alzamiento carlista de 1872, animado por las posibles expectativas de sentar en el trono a su candidato Carlos VII; y las insurrecciones de carácter federalista, que combinaba la acción de republicanos con ideales internacionalistas.
En febrero de 1873, Amadeo de Saboya presentó su renuncia al trono. La desintegración de la coalición gubernamental (unionistas, progresistas y demócratas) dejó al monarca sin el apoyo necesario para hacer frente a la situación del país.
“…España vive en constante lucha, viendo cada día más lejana la era de paz y de ventura que tan ardientemente anhelo…”
V. LA PRIMERA REPÚBLICA (1873-1874)
Tras la renuncia al trono de Amadeo de Saboya, las Cortes decidieron someter a votación la proclamación de una República, que fue aprobada el 11 de febrero de 1873 con 258 votos a favor y 32 en contra. No obstante, estos datos son engañosos, pues el apoyo temporal a la república fue tan solo una estrategia a largo plazo, que haría ganar tiempo para organizar una nueva alternativa monárquica. El apoyo al nuevo régimen era escaso, no siendo reconocida por las potencias extranjeras. La primera experiencia republicana en España duró menos de un año, sucediéndose en tan corto espacio de tiempo cuatro presidentes: Estanislao Figueras, Francisco Pi i Margall, Nicolás Salmerón y Emilio Castelar.
1. Las corrientes republicanas
Poco después de la revolución, el partido demócrata había sufrido una escisión que dio forma al Partido Demócrata Republicano Federal, dirigido por Pi i Margall. Esta opción defendía el reconocimiento de los distintos pueblos y regiones históricas, y el acuerdo entre las mismas como forma de articular el Estado español. Entre otras cuestiones, también defendían el laicismo del estado, el antimilitarismo, anticlericalismo y la intervención del estado en la regulación de las condiciones laborales. No obstante, este bloque federalista no era homogéneo, pues se hallaba dividido en dos tendencias: los benévolos, que controlan la dirección del partido y defienden el respeto por la legalidad; y los intransigentes, que defendían la vía insurreccional como medio para proclamar la República Federal, partiendo de la proclamación de independencia de los distintos territorios con personalidad histórica. Por último, los republicanos unitarios pretenden un estado no federal, sino centralizado, manteniendo posturas mucho más conservadoras.
2. La experiencia republicana
La República fue recibida con entusiasmo por las masas republicanas que creyeron llegado el momento de realizar un verdadero cambio social. Así, rápidamente se generalizaron por el territorio español movilizaciones populares que reclamaban cambios en el país: reducción de la jornada laboral, aumento de salarios, mejor reparto de la propiedad, abolición de impuestos sobre el consumo, abolición de quintas y del sistema de redención, etc. No obstante, el interés de los dirigentes republicanos por respetar la legalidad llevó a la represión de las revueltas y a la disolución de las Juntas Revolucionarias.
a) La República federal. Poco después de proclamarse la República, se convocan elecciones generales para las Cortes constituyentes, que ganaron los republicanos por abrumadora mayoría (pero con el 60% de abstención de votantes). El nuevo presidente, Pi y Margall, era partidario de un estado federal constituido por una nación, España, compuesta por 17 Estados federales (incluyen Cuba y Puerto Rico). Se pretendía alcanzar un alto grado de descentralización, encontrándose repartido el poder político entre la nación, regiones y municipios, contando estas dos últimas entidades con una amplia autonomía de gobierno. Durante la República Federal se proyectó la elaboración de la Constitución Federal de 1873, no obstante, los continuos desacuerdos y las divisiones dentro del mismo republicanismo no permitieron el avance y la aprobación del proyecto federal.
El gobierno debió hacer frente a múltiples problemas:
La hostilidad de los políticos conservadores y la jerarquía eclesiástica, que rechazaban el nuevo Estado “neutro” frente al anterior “confesional”.
El recrudecimiento de las Guerras Carlistas.
La incapacidad de acabar con el conflicto de Cuba.
El nacimiento del cantonalismo, que surge entre los republicanos más exaltados e intransigentes, decepcionados con la nueva República. El movimiento cantonal tuvo arraigo en la zona mediterránea, desde Valencia a Andalucía, declarándose cantón independiente en Cartagena, Sevilla, Cádiz,…
El movimiento cantonalista evidenció la debilidad del gobierno republicano: Pi y Margall dimite por negarse a reprimir por las armas la revuelta cantonal. Fue sustituido por Salmerón, quien dimitió tras negarse a firmar las penas de muerte a dirigentes cantorales. Le sucedió Castelar, representante de la línea conservadora del republicanismo, que llamó al ejército para imponer el orden, aplicó la pena de muerte, reforzó el poder del estado central y suprimió el principio federal.
b) La República Unitaria. El presidente, Emilio Castelar, representa un viraje conservador, actuando con autoridad para reprimir y conseguir el orden público, suprimió el principio de Estado Federal, reforzando el poder del Estado. Su actuación, considerada autoritaria y dictatorial, provoca la reacción de los diputados de las Cortes, que se reúnen para forzar la dimisión del gobierno. Era inminente la formación de un gobierno de centro-izquierda. Para impdrielo, el general Pavía protagonizó un golpe de estado, invadiendo el hemiciclo con fuerzas de la guardia civil y disolviendo por la fuerza la Asamblea. Apenas hubo resistencia ni política ni popular, lo que pone de manifiesto la debilidad de la República.
El poder pasó a manos de una coalición de unionistas y progresistas, proclamando al general Serrano presidente de la “República del 74”.
Serrano, con una actuación altamente dictatorial, se empeñó en recuperar el orden social. Así, puso fin a la guerra carlista, disolvió la AIT, acabó con el movimiento cantonal y reforzó el ejército.
Mientras tanto, la grave situación política y militar fue gestando una gran masa de apoyo social a la solución alfonsina, al retorno del hijo de Isabel II, Alfonso XII. Cánovas del Castillo fue el encargado de captar adhesiones. No obstante, el 29 de diciembre de 1874, el pronunciamiento militar de Martínez Campos en Sagunto precipitó la proclamación de Alfonso XII como nuevo rey de España.
VI. CONCLUSIÓN Y TRASCENDENCIA HISTÓRICA
El 1 de diciembre de 1874, el príncipe Alfonso XII había firmado el Manifiesto de Sandhurst, redactado por Cánovas del Castillo, que sintetizaba el programa de la nueva monarquía y daba forma a la Restauración borbónica en España. Atrás quedaron seis años de intentos de saneamiento y democratización del sistema político español. No obstante, las grandes disidencias entre los grupos políticos, la frustración de las aspiraciones obreras y campesinas que confiaban en su suerte tras el destronamiento de Isabel II, la guerra de Cuba y los nuevos brotes carlistas, complicaron la gestión a los políticos del sexenio, lo que llevó, decididamente, a abrir el camino al retorno de los Borbones.